Capítulo 370
Fichas manchadas de sangre
Traducido por Tars
Corregido por Noe
Editado por AMarauder
Corregido por Noe
Editado por AMarauder
En cuanto Caballo Blanco terminó de hablar, su dedo índice derecho ya había quitado el seguro de su rifle. Los más de 20 jugadores de la Legión Ardiente que estaban a su lado hicieron lo mismo. La manifiesta intención asesina hizo que el corpulento Espina de Hierro entrecerrara ligeramente los ojos.
“Oye, espera, ¿hay algún malentendido?”
Un sudor frío le recorrió la frente mientras levantaba ambas manos y retrocedía para intentar calmar la tensión. No sabía en qué había ofendido a este tipo, pero su instinto le decía que quienes estaban frente a él eran extremadamente peligrosos.
“No.”
Esta vez, Espina de Hierro finalmente entendió las palabras del hombre frente a él. Sus ojos se llenaron de un profundo miedo.
“La Nueva Alianza nunca negocia ni comercia con depredadores… Cada centavo que ganes puede convertirse en una bala disparada contra gente civilizada.”
Habrá Tiempo se quitó a Amanecer de la espalda y, al mismo tiempo, colocó una flecha en la cuerda.
“El trato se cancela. Ya que crees en intimidar a los demás por la fuerza, ¡veamos qué tan fuerte eres!”
“¡Hablas demasiado!” – rugió Espina de Hierro, retirándose hasta una distancia prudencial con los ojos cargados de ira. – “¡Fuego! ¡Matadlos!”
Sin embargo, la ametralladora no disparó. En cambio, un repentino disparo sonó como un trueno que interrumpió su alegría prematura. En una ventana cercana, el hombre que estaba tumbado frente a la ametralladora se desplomó con un chorro de sangre saliendo disparado de su cabeza. Al mismo tiempo, los rifles de asalto que sostenían los jugadores ya apuntaban en su dirección.
“¡Fuego!” – ordenó Caballo Blanco mientras apretaba el gatillo.
¡Ta, ta, ta…!
Gruesas lenguas de fuego brotaron de los cañones. Las ráfagas de balas de color amarillo anaranjado estallaron, rompiendo la tranquilidad de la calle.
Espina de Hierro y varios de sus secuaces fueron acribillados a balazos, cayendo antes de siquiera poder gemir. Todo ocurrió en un instante. Los mercenarios contratados por Edmund no tuvieron tiempo de reaccionar, sorprendidos ante la repentina ráfaga de disparos. Sin embargo, su respuesta fue relativamente rápida.
Desde las ventanas del segundo piso del cine aparecieron rifles y comenzaron a disparar contra los jugadores. Desafortunadamente… Se enfrentaban a una fuerza de élite de la Nueva Alianza. Estos jugadores ya habían superado innumerables pruebas en los campos de batalla de la Ciudad del Continente Occidental. Su destreza en combate se había forjado bajo una lluvia de hierro y fuego. Todos miraron a los ojos de la muerte. ¿Cómo podría un grupo de brutos siquiera amenazarlos?
Ya fuera en términos de táctica, espíritu de lucha o destreza en guerra urbana… El otro bando no estaba siquiera al mismo nivel.
Los jugadores se dispersaron hábilmente, adoptando rápidamente posiciones de tiro alrededor del cine. Con una coordinación tácita, respondieron al fuego con ráfagas alternas.
Aunque había unos cien hombres armados dentro del cine, fueron abrumados por la avalancha de poco más de veinte jugadores. ¡Eran incapaces de asomar la cabeza! Eso sin contar al francotirador que yacía tumbado desde un rascacielos cercano. Estaba eliminando sistemáticamente a cualquier hombre armado que se atreviera a mostrar la cabeza. Aunque no todos los disparos causaban una muerte, la constante incertidumbre les imponía una enorme presión psicológica.
Dos hombres armados agazapados junto a la puerta blindada intentaron cerrarla, pero una flecha pasó zumbado a su lado antes de explotar, dispersando metralla por todas partes. La explosión los mató al instante.
Al mismo tiempo, un dron plegó sus rotores y se lanzó en picado. Entró por la ventana del segundo piso con un zumbido similar al aleteo de una avispa. A continuación, se escuchó una explosión ensordecedora. Llamas de color rojo anaranjado salieron por las oscuras ventanas, levantando una gran cantidad de grava y polvo que cayeron a través de la pared exterior parcialmente derrumbada junto a cascotes de piedras y hormigón.
Los esclavos que estaban acurrucados dentro de las jaulas de la planta baja temblaron de miedo.
Los cañones que se ocultaban en las ventanas del segundo piso se silenciaron. El espacio relativamente reducido había amplificado la potencia de la onda expansiva. La Navaja que descendió del cielo les pilló completamente desprevenidos. La mayoría murió al instante o quedó aturdida por la explosión.
“¡Prepárense para el asalto!”
Aprovechando la oportunidad, Caballo Blanco levantó el puño izquierdo e hizo un gesto firme hacia adelante, liderando la carga. Tres de sus hombres lo siguieron de cerca, atacando rápidamente la entrada principal. Los otros cuatro equipos hicieron lo mismo, dispersándose y desplegándose por los flancos del primer equipo para cubrirlos.
No tardaron mucho en abrir la puerta. A continuación, comenzaron a subir por las escaleras.
El estruendo de los disparos se escuchó abajo. Los hombres que intentaban contenerlos cayeron tras otro, rodando por las escaleras. Subieron corriendo al segundo piso. Caballo Blanco con el arma en la mano, dio la orden de despejar la zona y luego continuó liderando a su escuadrón hacia adelante.
Los cinco equipos avanzaron desde tres direcciones diferentes e interrumpieron en el segundo piso, registrando meticulosamente cada pasillo, cada sala de proyección, cada asiento y cada rincón.
Un mercenario apoyado contra la pared tropezó al intentar escapar por una salida de emergencia, tras encontrarse con un montón de armas apuntándole.
“¡Suelta tu arma!” – rugió Daga en cuanto lo vio.
Sin embargo, el hombre lo ignoró e incluso intentó devolver el fuego. Al ver que la persuasión era inútil, Daga no dudó en apretar el gatillo y despachó al hombre con una ráfaga de balas.
“¡Maldita sea! Estaba hablando en su idioma…” – maldijo Daga mirando el cuerpo tendido en un charco de sangre y su cañón humeante.
Los prisioneros podían intercambiarse por puntos de contribución y monedas de plata. Los cadáveres solo podían usarse para recolectar materia activa.
“Quizás el dron lo dejó sordo.” – dijo de repente Guerrero Renal.
“Ah… Eso tiene sentido.”
Mientras tanto, tras completar la limpieza de la zona norte, Habrá Tiempo le dio unos golpecitos a su auricular con el dedo índice, informando de la situación. Al mismo tiempo, los informes del resto de equipos también inundaron los canales de comunicación.
“Sala oeste despejada.”
“Sala este despejada.”
“Pasillo bajo control.”
“Encontré el quirófano… Tres médicos presentes. Uno de los cuales es sospechoso de ser Edmund.”
“Espérame ahí.”
Después de hablar, Habrá Tiempo comprobó la ubicación en el mapa usando la máquina virtual y corrió inmediatamente al quirófano. Cuando llegó, un hombre alto y delgado ya estaba de pie con las manos en alto, tras haberse alejado de la mesa de operaciones de la esquina. Llevaba un delantal manchado de sangre y grasa. Igualito al que usan los cocineros.
Junto a él había un hombre y una mujer, también vestidos de manera similar. Probablemente eran sus ayudantes, quienes también mostraban expresiones de terror. La explosión anterior y la serie de disparos casi los había matado del susto.
En la mesa de operaciones yacía un niño de unos 12 o 13 años. Era corpulento, como si realizara trabajo físico con frecuencia. Sin embargo, respiraba con mucha dificultad. Como una vela al viento. Habrá Tiempo notó un corte reciente en su abdomen izquierdo. Al percibir como crecía la intención asesina en los ojos que lo miraban, Edmund comenzó a tartamudear…
“Yo… Yo no lo até aquí…”
“¿Se ofreció como voluntario?”
“¡Le pagué dinero!”
“¿Cuánto?”
“50… No, ¡no solo 50! Le di 300 como homenaje al Señor Wester. El segundo al mando de la Banda de la Daga. Este chico vive en su calle.”
Habrá Tiempo había oído hablar de la Banda de la Daga, pero eso era todo. Sin embargo… no era el momento de hablar de ella. Miró al niño en la mesa de operaciones y luego al hombre que estaba frente a él.
“¿Cuál es su condición?”
“La operación tuvo algunas complicaciones… La bomba que acabas de lanzar hizo que me temblaran las manos…” – respondió Edmund nervioso.
“¿Podrá salvarse?” – gruño Habrá Tiempo.
La expresión de Edmund fue algo sombría cuando respondió.
“Sí, la hay… Pero me temo que necesitará un par de riñones nuevos…”
Al mirar la traducción en su dispositivo, Caballo Blanco permaneció en silencio. Miró de reojo a su compañero, agarró una maleta de sus manos y la colocó en un soporte de metal al lado de la mesa de operaciones.
“Pónselo.” – continuó Habrá Tiempo bajo la mirada atónita de Edmund. – “Cuando termines hablaremos de tu problema.”
Edmund miró la maleta; había una pizca de angustia en sus ojos.
¡Se suponía que eso era suyo!
Sin embargo, la amenazante visión del cañón del arma le quitó el más mínimo coraje para pronunciar esas palabras. Solo se atrevió a maldecir a esos cabrones mal nacidos que dejaron entrar a sus enemigos. Tragó saliva y asintió con nerviosismo.
“Vale, vale…”
* * *
La cirugía transcurrió relativamente bien y la respiración del niño se fue estabilizando gradualmente. Aunque los efectos de la anestesia no habían desaparecido por completo, había recuperado algo la conciencia.
Caballo Blanco y su grupo sacaron a Edmund y a sus dos ayudantes del quirófano.
“¿Cómo te llamas?” – dijo Habrá Tiempo, mirando al niño tendido en la mesa de operaciones.
Sus labios agrietados se movieron ligeramente.
“Hang.”
Era un nombre de una sola sílaba, bastante común en el páramo. Habrá Tiempo, que solía recopilar información en las tabernas, incluso había visto a gente con nombres de muebles.
“¿Dónde están tus padres?”
“Están… Al borde de la Muralla Gigante.”
Lo más probable es que se tratase de los barrios marginales de las afueras de la Ciudad de Boulder. Al comprender la situación, Habrá Tiempo hizo una pausa y luego continuó con un tono más amable.
“Te enviaremos de regreso. No le hables a nadie sobre lo que acaba de pasar. Es por tu propio bien.”
Si bien las partes de un despertado no eran lo suficientemente valiosos como para volver loca a la gente, la historia sería diferente si aparecían en un niño.
Edmund y sus asistentes serían enviados a un campo de prisioneros de guerra. Mientras no le dijera a nadie que le habían implantado partes de un despertado, nadie lo sabría. De hecho, ni siquiera que se había sometido a una cirugía.
“Gracias…” – dijo el niño con la mirada perdida.
No entendía por qué esa gente lo ayudaba. Anteriormente, cuando hacía trabajos esporádicos en el puesto comercial, la gente parecía desear su muerte. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de dejar este mundo, alguien se acercó y lo trajo de vuelta. Al ver la figura desaparecer por la puerta del quirófano, el niño apoyó la cabeza en la almohada y se quedó mirando fijamente el techo.
“Que gente más rara…” – murmuró.
* * *
Al salir del quirófano, Habrá Tiempo se quedó en la puerta, mirando a Edmund en el pasillo.
“He salvado al niño…” – farfulló Edmund ante la mirada de Habrá Tiempo mientras se le encogía el corazón.
“Es lo que deberías hacer.” – respondió sin rodeos.
El rostro de Edmund se congeló.
“¿Quieres dinero? Mis fichas y todo lo que hay aquí son tuyos. Solo te pido que me perdones la vida…” – susurró, tras una larga pausa.
“Por supuesto que aceptaremos tus ganancias ilícitas; son nuestro botín de guerra.” – lo interrumpió Habrá Tiempo.
Al oír esa afirmación santurrona, Edmund casi tose sangre. Pero entonces se le ocurrió una idea y una clara mirada de terror apareció en sus ojos.
“Eres… ¿de la Nueva Alianza?”
Habrá Tiempo lo miró con extrañeza.
“¿No te lo contó Gracie?”
“No me lo dijo… Solo que había un vendedor que podía proporcionar órganos de despertados y me preguntó si estaba interesado. Dijo que me lo presentaría si le daba algo de dinero.” – respondió con nerviosismo y un atisbo de arrepentimiento en los ojos. – “Maldita bestia, ¡sabía que tramaba algo malo!”
Los jugadores intercambiaron miradas y su diversión fue evidente para todos. Llamar bestia a alguien tras sus actos…
“No me interesan tus disputas personales.” – interrumpió Habrá Tiempo. – “Tú, tus asistentes y los que se rindieron serán enviados a dónde pertenecen: a juicio.”
“Espera, esto no es territorio de la Nueva Alianza. ¿Con qué derecho me impones tus leyes?” – protestó Edmund.
Habrá Tiempo lo miró.
“Porque no me caes bien. ¿Te parece razón suficiente? Por otro lado, hay un arma en el suelo. Recógela y podemos discutir esto de otra manera.”
Edmund miró a Habrá Tiempo con el rostro pálido. Sintió un pequeño impulso, pero finalmente se tragó lo que estaba a punto de decir. En realidad, su razonamiento tampoco estaba mal. Estaban en el páramo. Una zona sin ley. Podía decidir sobre la vida y la muerte de otros a su antojo, y otros podían decidir libremente cómo querían tratar con él. Era perfectamente razonable.
* * *
Edmund y sus hombres serían enviados al tribunal de Ciudad del Amanecer para ser juzgados.
Las fotografías tomadas por los jugadores, junto con las imágenes de sus cámaras de acción, serían suficientes para asegurar que estas bestias pasaran el resto de sus vidas en un campamento de prisioneros.
En el primer piso del cine, en un patio abierto reforzado con basura y hormigón, los jugadores usaron las culatas de sus armas para romper las cadenas oxidadas de las jaulas, liberando a los supervivientes que estaban dentro. Esas personas permanecían desaliñadas y demacradas en medio del patio, sin saber qué iba a suceder a continuación. Al ver el miedo en sus ojos, Caballo Blanco se acercó y habló en su no tan fluido idioma de la Federación.
“Sois libres. Regresad, reuníos con vuestras familias. No importa por qué os encarcelaron aquí, no volváis a hacer ninguna tontería.”
Después de que terminó de hablar, los sobrevivientes tardaron un instante en recuperarse, luego intercambiaron miradas y susurraron entre ellos. Los ojos de casi todos mostraron sorpresa. Pensaron que simplemente estaban pasando de un grupo de villanos a otro, pero esas personas los estaban liberando.
“Puede decirme… ¿su nombre?” – preguntó un hombre harapiento, que se tambaleó hacia adelante un par de pasos para acercarse a su benefactor.
Caballo Blanco le dio una amplia sonrisa.
“Mi nombre no importa. Somos muchos… Todos venimos de la Nueva Alianza, de los suburbios del norte.”
“La Alianza…”
El hombre inclinó la cabeza. Repitió la palabra una y otra vez, con un brillo apareciendo en sus ojos apagados.
“Gracias…”
Hizo una profunda reverencia y caminó hacia la puerta, marchándose. Algunos lo siguieron, cruzando la puerta hacia el páramo. Sin embargo, otros se quedaron atrás. Tras hacer un recuento aproximado vio que se habían quedado más de 50 personas.
“¿No se van?” – preguntó, arqueando una ceja.
Ante sus palabras la gente intercambió miradas. Uno de ellos dio un paso al frente, con la cabeza gacha.
“No tenemos hogar, por favor, déjanos seguirte.”
Al escuchar su petición, el rostro de Caballo Blanco mostró vacilación. Según los típicos juegos de ROL, si aceptaba, se convertiría en su líder, responsable no solo de su sustento sino incluso de destapar sus inodoros. Gestionar un grupo de PNJs era mucho más problemático que gestionar jugadores.
“No tienen por qué seguirme; deberían vivir sus propias vidas. Pero si no tienen adónde ir, pueden regresar con nosotros a la Nueva Alianza. Hay mucha gente como vosotros allí. Os ayudaran a comenzar una nueva vida.” – dijo tras soltar un suspiro.
Al principio, todos mostraron desconcierto. Pero al escuchar su última frase, un atisbo de esperanza apareció en sus ojos. Aunque también hubo algunos que no mostraron ninguna reacción de principio a fin. Probablemente eran clones sin una capacidad mental completa.
Ya había visto seres como ellos en la mazmorra del Clan Mano Sangrienta. Lidiar con esos tipos había sido complicado, ¡pero no era su problema! Estaba aquí para jugar. Andar presumiendo era divertido, pero encargarse de las consecuencias daba demasiados problemas. ¡Era mucho mejor dejar estos asuntos en manos del Administrador!
* * *
Aunque el intercambio fue cancelado, los jugadores descubrieron que el botín de su aventura superaba las expectativas: las fichas que encontraron en el sótano se apilaban hasta formar una pequeña montaña. Aunque no poseían gran valor, en conjunto sumaban un asombroso total de 180.000 fichas.
Su única inversión fueron unas pocas docenas de cargadores y un solo dron Navaja. Fue una lástima que no hubieran traído un RPG, ya que era mucho más barato que el dron.
“Sí… Robar sí que vale la pena…” – gritó Daga al ver la pequeña montaña de fichas.
“¿Qué quieres decir con robar?” – gritó Habrá Tiempo con los ojos en blanco. – “¡Claramente estamos blandiendo el martillo de la justicia! Confiscamos sus fichas para poder mejorar nuestro equipo y salvar a más supervivientes. Es claramente un buen acto. ¿Y tú dices robar? ¿No te da vergüenza?”
Daga quedó atónito.
‘¿Qué demonios? ¡Eso tiene sentido!’
Al escuchar las palabras de Habrá Tiempo, Caballo Blanco se partió de risa. Tuvo que pasar un buen rato para que se recuperase lo suficiente para hablar.
“Bueno, basta de tonterías. Estamos aquí para disfrutar del juego, no escuchar sermones. ¿Cómo vamos a repartir las fichas? Dame una sugerencia.”
“Divídelas a partes iguales como la última vez. ¿Qué más quieres hacer?” – respondió Tiempo de inmediato.
Al oír la sugerencia de Habrá Tiempo, Blanco chasqueó los dedos.
“Bien, decidido. Cuando N1 y Vendaval regresen, cada uno recibirá una bolsa.”
Al oírlo, los jugadores aplaudieron.
“¡El jefe es increíble!”
“¡Guau!”
“Somos ricos, ¡maldita sea!”
Si lo dividían equitativamente, cada persona recibiría más de 8.000 fichas. ¡Eso equivalía a 16.000 monedas de plata!
¿Qué clase de misión puede ofrecer tanto dinero? Con semejante fortuna, ¡realmente podrían decir que se hicieron ricos de la noche a la mañana!



Gracias por el capítulo, no sé que me da que esto va a ser un problema para las relaciones de la nueva alianza con la ciudad de Boulder
ResponderEliminarEsos van a ser como los científicos nazis después de la guerra. Los van a "juzgar" y ponerlos a trabajar.
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